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Otra vez, los clásicos

Pero ahora se trata de juegos, no de literatura. Tengo el honor de haber sido el poseedor del primer CD de Fallout 2 que entró a Santiago de Cuba (a menos que alguien demuestre lo contrario). Me lo trajo mi primo de Inglaterra, una copia, por supuesto, pero con su etiqueta en colores tan bonita que parecía original. Recuerdo que cuando lo probamos en un Joven Club de Las Tunas no logramos entenderlo. El género era aún desconocido y la interfaz aún hoy luego de haberme fogueado en muchos títulos, me confunde.
El anciano disco ya no existe hoy. Lo presté a alguien y rodó por muchos lugares antes de desaparecer, no sin antes enviciar en el género del rol a varios amigos míos y tal vez a otros que no conozco.
No es que me repita, pero oyendo las justificaciones de por qué Fallout 3 es primera persona -que la inmersión, que la experiencia de juego- me di a la tarea de obtener el Fallout 2, que fue el que jugué hace ya casi diez años. Ayer ya lo había descargado y a pesar de una terrible migraña dediqué parte de la mañana en la oficina y toda la tarde en casa a jugarlo.
Si tienes un martillo todos los problemas te parecerán clavos. Si tienes el motor del Oblivion, todos los juegos, sin duda alguna, te parecerán primera persona. Eso es lo que pasa cuando el interés comercial prima sobre el interés del jugador. Tienes un motor de última generación que ha costado una pasta ¿y lo vas a usar para hacer un isométrico? Eso no se lo cree ni Bush, que oye hablar a Dios.

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